Ctalamochita - Leyenda del Cerro del dique

 

Cuenta la leyenda que hace muchos años en un hermoso valle llamado Ctalamochita; existía una tribu de indios que enamorados del paisaje, decidieron dejar de ser nómades, para instalarse definitivamente en aquellas tierras fértiles cubiertas por el encanto de la naturaleza.

 

Entre el grupo de  adolescentes se encontraba un indiecito al que llamaban Nazarí; era alto, robusto, de tez morena, sus ojos grandes enmarcaban una visual penetrante, avasalladora, era un gran observador. No existía ave sobre el cielo que no pudiera divisar ni animal en la tierra sin dejar de rastrear, aún las tormentas más fuertes aprendió a detectar anunciando a su tribu la cercana tempestad.

 

Una noche, cuando Nazarí se encontraba apostado en su guardia vigilando sigilosamente a los pumas hambrientos que noche tras noche intentaban devorar a su gente, sintió a lo lejos una vos suave que lo llamaba por su nombre… Nazarí , Nazarí, ven a mí soy tu sueño y he venido a acunarte; Nazarí asombrado, sacudió su cuerpo y abriendo grande sus pupilas trató de no pensar en esa hermosa vos que por momentos lo apartaba de la realidad; en pocos minutos nuevamente la vos se apodero de el… Nazarí, Nazarí, ven a mi soy tu sueño y he venido a acunarte; su cuerpo relajado por completo se dejó arrastrar hacia los brazos cálidos del sueño, donde ya sin ser dueño de si mismo penetro en la inconciencia mágica de la nada.

 

Amanecía en el valle, los primeros rayos de sol abrazaron el cuerpo cálido del indiecito Nazarí; sus parpados fueron abriéndose lentamente, el horror y la desolación se encontraban frente a él, los pumas habían logrado su propósito; cuerpos mutilados yacían por todas partes, el paisaje ya no era el mismo y el aroma a flores silvestres se había convertido en un olor nauseabundo amigo de la muerte.

 

Nazarí sintió que el corazón era arrancado de su cuerpo y se sumergió en un profundo llanto que lo invadió de angustia y tristeza.

 

En ese preciso momento la tierra comenzó a temblar, desprendiéndose de la misma un sonido aterrador, el fuego brotaba por cada uno de sus poros y de su garganta enrojecida emanaba un líquido ardiente, destructivo; un humo negro se alzó por los aires abrazando y tragando hacia la inmensa profundidad al indiecito Nazarí.

 

Las nubes de fuego mezclado con cenizas fueron apartándose lentamente dando lugar a la luz del sol a participar como testigo clave de la ausencia de Nazarí, ya que en su lugar se encontraba erguido y desafiante un inmenso cerro al que hoy llamamos, el ¡Cerro de Villa del Dique!; aún por las noches, cuando los habitantes del pueblo se sumergen en un sueño profundo, el no duerme, es el gran protector de la villa, miles de batallas climáticas lleva ganadas, cicatrices profundas entallan su cuerpo; la brisa del sueño lo sigue llamando,…Nazarí, Nazarí ven a mí que he venido a acunarte, pero sus pupilas no se sierran ni lo harán jamás, porque es el gran observador, el gigante de Villa del Dique…   

                                        ESE.BE.ELE.

Agradecemos a la Familia Maidana por esta colaboración

 

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